Cannabis y violencia: por qué el "el doble de riesgo" no dice lo que parece
Una revisión de 63 estudios con más de 265.000 personas halló una asociación entre consumo de cannabis y violencia, pero los propios autores la califican de certeza muy baja.

Un titular del diario británico Daily Telegraph aseguraba que quienes consumen cannabis tienen "el doble de probabilidades de ser violentos". La cifra procede de una revisión sistemática del King's College de Londres que reunió 63 estudios y más de 265.000 personas. El análisis publicado en The Conversation repasa por qué ese número, tal como se presentó, transmite mucha más seguridad de la que el propio trabajo reconoce.
Qué encontró la revisión
Los autores sí hallaron una asociación entre consumo de cannabis y conductas violentas. Pero una asociación no es una causa, y el tipo de estudios incluidos limita mucho lo que puede deducirse. De los 63 trabajos, 46 eran transversales: midieron el consumo y la violencia en un mismo momento, sin poder saber qué ocurrió antes. Fueron precisamente esos los que mostraron la relación más fuerte.
Los estudios longitudinales, que siguen a las mismas personas durante años y sí permiten ordenar los hechos en el tiempo, arrojaron un resultado mucho más débil: una probabilidad relativa (odds) de violencia un 17% mayor entre consumidores, frente al "más del doble" de los estudios de un solo corte. El titular se construyó con la cifra más alta.
"El doble de odds" no es "el doble de probabilidad"
El texto insiste en una confusión estadística frecuente. La probabilidad mide los casos sobre el total del grupo; las odds comparan a quienes les ocurre algo con aquellos a quienes no. Cuando el suceso es raro, ambas cifras casi coinciden. Cuando es frecuente, se separan: si algo le pasa a 50 de cada 100 personas, duplicar la probabilidad significaría que le ocurre a todo el mundo, mientras que duplicar las odds lo lleva solo al 67%.
Los factores que pueden explicar la relación
La pobreza, el alcohol, el consumo de otras drogas y una infancia difícil se asocian por sí solos a la violencia, y son más frecuentes entre quienes consumen cannabis. Además, en muchos países su compra es ilegal, lo que sitúa a la persona en contextos donde la violencia es más habitual. La revisión intentó ajustar por estos factores de confusión, pero, según el análisis, tendió a quedarse con las versiones de los estudios que ajustaban por menos variables, lo que hace más difícil descartar explicaciones alternativas.
Un tamaño grande no corrige un sesgo
Uno de los autores del trabajo defendió que un estudio de este tamaño permite hablar "con más confianza" de los riesgos. El análisis matiza: una muestra grande reduce el error aleatorio, pero no corrige el error sistemático. Medir mil veces una habitación con una cinta métrica deformada da un resultado consistente y equivocado.
Los problemas de medición son evidentes en este campo. Los estudios no coinciden en qué cuenta como consumo —¿una vez, el último mes, a diario?— ni como violencia, que puede ir de un empujón a una condena penal. La revisión agrupa incidentes domésticos, agresiones sexuales, peleas y robos, fenómenos con causas muy distintas. Tres análisis de una misma encuesta nacional estadounidense, todos incluidos, dieron odds ratios que iban de 1,3 a casi 10.
A eso se suma el sesgo de publicación: los trabajos que no encuentran relación se publican menos, lo que infla la asociación aparente. La revisión detectó señales de ese problema y no pudo descartarlo.
El dato más relevante estaba en el material suplementario: los propios autores califican la certeza de la evidencia como muy baja. Consideran probable que la asociación exista, pero tienen poca confianza en su magnitud. Esa salvedad no apareció en la información periodística que difundió el "doble de riesgo".
Nada de esto significa que cannabis y violencia no tengan ninguna relación. Significa que el número que circuló parece mucho más firme de lo que la evidencia permite. En paralelo, otros indicadores sí muestran efectos medibles: los ingresos hospitalarios por cannabis han aumentado en Australia en la última década.
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Elaborado a partir de información publicada por The Conversation Global Health · Fuente primaria: documento original
